La Final

Ya desde el inicio se anticipaba el éxito. Podría decirse que desde los primeros partidos del torneo, incluso desde el torneo pasado. Su desempeño en cada jornada lo confirmó. Para los juegos de la final en este torneo, la ventaja de un gol de Santos sobre Cruz Azul le daba cierta tranquilidad al equipo albiverde para cerrar la final con el beneficio de jugar como local el partido de vuelta, por su mejor posición en la tabla. Y no con cualquier afición, si no con su afición santista que se caracteriza por hacer al Corona uno de los estadios más difíciles de todos para los equipos que lo visitan.

Me preparé mentalmente para ese largo camino hasta Torreón. Tantas horas de manejo se me hacían poco por estar acostumbrado a las grandes distancias que recorro sin moverme, absorbido en la rutina diaria de la oficina. El fin de semana llegó rápido y el viernes me salí temprano del trabajo para intentar llegar el mismo día. La foto del boleto me la habían enviado por correo haciendome saber que la entrada era cosa asegurada. Por lo menos para mi. Aquella imagen despertaba en mi sentimientos de emoción como no los recuerdo antes. Ese mismo viernes llegue hasta mi destino, aunque ya tarde. El Sábado se pasó como un suspiro y el domingo me amaneció más temprano que de costumbre. Considerando que tenía dos días de desveladas continuas, fué poco lo que me afectó. La emoción suprimía el cansancio.

De desayuno dos gorditas, típicas de la región. Una de maiz y otra de harina con su respectivo refresco. Sentados a la sombra del puesto de gorditas veiamos como en las calles el ambiente se hacía presente. Ya desde el partido del jueves en el que Santos sacó ventaja, la gente daba por hecho ganar el campeonato y lo demostraba previo al segundo partido en el que se definiría todo. En primera plana del domingo habia un desplegado a 8 columnas, la ejecución de un policia no era tan importante como lo era la foto del sacerdote levantandose la sotana y enseñando su casaca orgulloso. En misa se oraba por el triunfo del equipo local a coro de “Santos Santos… osana en el cielo”.

El estadio era un hormigueo continuo de aficionados. “¡Norte!! Norte! ¡Vamos a sombra norte!!! Le gritamos a la persona que dirigía los vehículos en la entrada del estacionamiento. Abriendonos paso entre la gente pero avanzando lento, para no atropellar a algún distraido aficionado, llegamos a la esquina norte del estacionamiento del estadio. Repasé mentalmente la lista de lo necesario: Cámara, baterías extras, gorra, agua y lo mas importante: el boleto y la paciencia para aguantar la fila de dos horas que nos esperaba para entrar al estadio bajo los abrazadores rayos del sol despiadado de la laguna.

La porra de Cruz Azul llegó en varios camiones que se estacionaron en uno de los espacios que dejaba la zigzagueante fila de la entrada norte. “Van a llorar” les gritó una niña, mientras se bajaban entre las rechiflas de la afición local. Se acercaron hasta nosotros después de los cánticos que la porra hiciera al desocupar sus autobuses, y con la dignidad de los capitanes de los equipos en disputa,  pidieron la foto del recuerdo. Afición de albiazules y albiverdes posando solemnes como dignos rivales de una guerra ajena que se hace propia por convicción personal.

Ya adentro del estadio la gente buscaba un lugar donde acomodarse. Solo plateas tiene el privilegio de estar numerado y se sienten con el mismo privelegio de no abandonar su asiento cuando llega la ola hasta ellos y que con ellos mismos moría. -No se les vayan a pegar las pulgas por hacer la ola- pensé.

-Está apartado compa– nos gritaba alguien desde una fila más arriba.
– ¿Y ese? -preguntamos-
– Ese también- nos respondió- con el mismo tono de indiferencia probablemente por haber dado muchas veces la misma explicación antes a los que como nosotros preguntaban por la disponibilidad de los asientos.

Por fin una cara conocida y la posibilidad de encontrar un espacio, aunque sea amontonados. Nos acomodamos como pudimos ya con cerveza y semillitas en mano y dejamos de preocuparnos. Lo demás llegaría solo.

Empezó el partido después del calentamiento físico de los jugadores poco antes del juego, y después tambien del calentamiento de ánimos en la afición cuando vió entrar a la porra del equipo visitante al estadio. Las porras, los gritos, las mentadas de madre al arbitro, el famoso grito de “PUTO” al portero contrario al despejar desde su arco, acompañado de una imposición de manos a distancia como para que le caiga la maldición de la afición y le salga la pata chueca al guardameta. En fin, todos los gritos y ritos que forman parte de un partido clásico del futbol mexicano.

Después de los incansables gritos y de la enésima cerveza, que por el calor de casi cincuenta grados y los nervios ni siquiera dejaron sentir sus más mínimos efectos etílicos, llegó el momento esperado. La gente frenética y emocionada en la tribuna gritó al unísono “GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!!!” y no hubo un alma que se quedara en su lugar. Excepto algunos nefastos expectadores de plateas, y por supuesto, la reducidad porra azul. Todo parecía perdido para ellos. Y asi fué. El segundo tiempo llegó pero el único gol que anotara su equipo cementero no sería suficiente para ganarle a un crecido y aventajado equipo albiverde.

El tiempo de compensación sobrepasaba lo estipulado por el cuarto oficial, y la gente coreaba gritos de campeón a su equipo al mismo tiempo que con pañoletas blancas y verdes presionaban al árbritro para que diera el silbatazo final. Siete minutos después del tiempo reglamentario y dos minutos después de que debió terminar el partido, el árbitro anunciaba el final en un tiempo que parecía interminablemente eterno. 

El estadio se llenó de un solo grito, de un solo sentimiento, de una sola emoción. La gente se abrazaba, el resto de los jugadores de Santos corrió al campo a festejar con sus compañeros, y el cielo se tupió de una lluvia de papeles blanco y verde que parecian retozar con el jugueteo del viento al mismo tiempo que caían a la gloria que solo se vive a nivel de cancha, pero que se propaga a las tribunas con la misma intensidad.  

La ciudad entera, junto con la afición de las ciudades hermanas de la comarca, se volcaron a las calles a festejar el triunfo y lo postergaron toda la noche. El tumulto enloqueció en las esquinas, en los parques, en los bulevares, en la alameda. El motivo lo justificaba todo. Los Guerreros del Santos Laguna se colgaba así su tercera estrella en veinticinco años de historia en la primera división.  El equipo lagunero se hizo el equipo de México esa tarde al coronarse campeón una vez más. (Y yo estaba ahí).

 

2 Responses to “La Final”

  1. KARLA Says:

    jajajaja…osana,,.santos, y eso…jajaja que pasa?
    jajaja tanta insolación?
    jaja, ay amigo, que cosas escribes, me encantas! es que eres único! y con todo el respeto que me mereces, así como tu novia, ya sabes que lo anterior lo digo en buen plan…bueno me conoces.
    pues me da gusto que a pesar de tanta hora conduciendo y esperando entrar al estadio, del calor abrumador que hace en la comarca, y todo lo que ir a un partido de futbol como este implica hayas disfrutado al maximo este evento! me da mucho gusto por ti, la vdd no soy aficionada del fut, pero me transmites el entusiasmo, que, como te dije anteriormente, hasta yo hubiera ido!

    saludos!

  2. KillerPollito Says:

    jajaja asi es Karla, increible pero eso pasó en misa… yo no podia creerlo pero si no lo hubiera visto con mis propios ojos no lo hubiera dado por cierto. A veces es increible como la gente se fanatiza, me gusta el futbol, me da cierta satisfaccion, pero se a lo que me meto sin llegar a tanto, disfruto el juego, comparto el gusto con otra gente, sigo los juegos, mas solo soy aficionado, no fanatico… creo que hay una enorme diferencia. Te recomiendo que un dia vayas a un juego, de beis, fut o lo que sea, se disfrutan enormemente aunque no te guste o no le entiendas mucho. El ambiente, la cervecita, los gritos, las porras… es toda una experiencia. Ya veras. Y gracias por tus comentarios.

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