La última y nos vamos!

January 25, 2010

Por causas de fuerza mayor he decidido cerrar el changarro. Ya no escribo porque ya no tengo tiempo, así de sencillo. La vida me ha llevado por un camino distinto ahora. Sin embargo, no me quiero ir sin antes poner la publicación de despedida.

Sigo en el Abierto poniendo videos e imágenes, escribiendo cualquier cosa que como ya saben no es personal. Es de lo absurdo de la vida y lo necio e incongruentes que somos los humanos; a veces pienso que yo más.

No esperen que ésta sea una publicación sentimental. Mi Blogcito me dejó mucho aprendizaje pero es tiempo de oler otras rosas, caminar otros caminos, escribir otros poemas, ponerle de otra salsa a mis tacos.

Ahora empiezo un nuevo proyecto de vida -real y no virtual- (nada tiene que ver con el inicio de año y los propositos que yo no hago). Tiene que ver con esta etapa en la que me encuentro en la que  se bifurcan veredas y nos hace tomar decisiones. Creo que todos nos hemos visto en ese punto alguna vez. Esta no es la primera vez que me pasa. La primera ocasión que viene a mi mente de manera marcada fue el día que cambié mis muñecas mi camioncito por un fusil. Después  fue aquel día que pasé de niño a hombre poco antes de cumplir la mayoría de edad, cuando dejé el hogar paterno para continuar mis estudios. Después fue que dejé mis estudios para convertirme en un esclavo asalariado de mi escritorio. Y lo último que me hizo reflexionar fue cuando no podía decidir si leche entera o la del 2%, integral o blanco, pachoncito o doble hoja. Como ven, urgía un cambio.

Este año he decidido buscar la independencia de mi mismo, del “yo” ciclado, conforme, comodo y taciturno, y ya es tiempo de que haga las cosas que me permitirán ser libre. Dejar mi blog es una de ellas.

No me deseen suerte que me sentiría muy mediocre. Mejor deséenme buen tiempo para el largo camino, cervezas a la mano, y un amigo que aguante las burlas.

No me despido, como dije, sigo en el Abierto y allá son bienvenidos el día que sea.

Sin más ni más, queda de ustedes, su amigo, KillerPollito

P.D. Los dejo con una de las última de las verdades universales que me llevaron incialmente a escribir este blog y que a la letra dice: 

“No importa que tanto se estudie, se prepare y se entrene en la vida, realmente nunca nadie aprende a limpiarse el culo”.
KillerPollito (Filosofo y Taquero Mexicano, nacido a finales del S. XX – a la fecha dicen que sigue vivo).

Memorias de un Asesino – 10a Parte (y última)

October 23, 2009

Ah por fin llegamos al final de la historia.

¿Recuerdan cómo empezó? Yo escribí lo siguiente al inicio de mi primera publicación:

“Este fin de semana pasado, al regresar de mi terruño me acordé de como me gané el mote del Killer cuando había entrado a la universidad.”

En sí, toda la saga fue precisamente para llegar al principio. Donde todo surge. Y que curioso. Puedo asegurar que a mis estimados lectores y lectoras, se les había pasado ese pequeño detalle. El motivo de mis memorias.

Y no los culpo. Digo, después de diez publicaciones de una historia que comienza con tal introducción, en definitiva el motivo inicial que lleva a escribir, se puede volver una minucia después de meses literalmente, de escribir sobre ello.

Hay detalles de mi relato que dejé fuera a propósito, para evitar evidenciar demasiado la dirección del mismo. Y de esas cosas quiero hablarles precisamente. 

La noche que partimos en mi vocho de mi ciudad natal, pasó algo que podría describirse como totalmente sin relevancia para el viaje. Y que como caso aislado hubiera pasado inadvertido. El tiempo se encargaría de sacarlo a la superficie de la memoria, donde las cosas triviales toman importancia.

Teníamos poco tiempo de haber salido a carretera. El vocho surcaba la carretera en la oscuridad de la noche a 150km/h (en realidad eran 110km/h, pero no olviden el velocímetro defectuoso), cuando de pronto salta al camino intempestiva e inesperadamente, una liebre. Por la premura e inexperiencia de manejo, no hice nada para evitar el impacto. Ni siquiera tuve tiempo de sacar el pie del acelerador. Los faros de mi vocho iluminaron brevemente aquel infortunado animalillo de campo y a su mortal camino perpendicular al mío; y de forma abrupta, casi instantánea, mientras saltaba en su avanzar, la defensa delantera de mi vocho golpeó su pequeña cabecita con la fuerza que la inercia le da a dos cuerpos que se colapsan en encuentros frontales, y cuya comparacion de masas pone en total desventaja a uno de ellos absorbiendo en el impacto su trayectoria, dirección y velocidad de desplazamiento, para desaparecerlo en la nada del instante en el que se produce el impacto.  Casi como si nunca hubiera existido.

Me aferre al volante sin variar mi dirección, y exclamé fuerte algo. Una frase que no recuerdo, pero que bien pudo haber sido, “Ay Cabrón!”, o “Hijo de su pinche madre!”, o alguna otra de esas frases que le salen a uno de forma involuntaria, en un momento de tensión y/o sorpresa. La culminación del choque aquel, no pudo ser más cruenta de no haber terminado en un atropellamiento doble con las llantas delantera y trasera del lado por donde se produjo el impacto, que era el lado del copiloto y donde el Balú venía sentado, casi dormido y que a mi grito inicial se incorporo para ser testigo de aquel sangriento suceso.

Pasado el acontecimiento funesto, el Pato y el Champi, quienes venían dormidos atrás, se incorporan también al escuchar el golpe después del grito de susto que yo había dado. -¿Qué pasó?!- me preguntó el Pato con un tono de preocupación notoria en su voz.     -Nada.-    le dijo el Balú,   -que el pendejo éste atropelló una liebre.    -No mames-   me dijo el Pato,   -y por eso tanto pedo. Dejen dormir chingao. Y tu bájale que vienes a madre güey.-    Yo guardé silencio. Por mi mente pasaba una y otra vez aquella imagen en cámara lenta de la liebre en el justo instante en la que la cabeza era impactada por la defensa del vocho, y que a la fecha recuerdo como si acabara de ocurrir. En todo el viaje no se volvió a hablar del incidente.

Aquella última tarde subimos al vocho listos para dejar el puerto. Nos podía demasiado haber perdido la cámara de esa manera. Nadie nos creería nuestras aventuras así, sin evidencia.

Manejamos de regreso, solo que en esta ocasión no me dejaron manejar en la peligrosa sierra de Durango. Dijeron que no querían que los fuera yo a matar por mi manera de manejar tan “acelerada”. Y alguien recordó el suceso con la liebre. Y nos reímos. Manejó el Pato en mi lugar y tardó horas en bajar la sierra. Manejaba detrás de un camión que transportaba troncos y al cual se oponía rebasar por temor a ser embestido por algún vehículo detrás de cada curva de aquella sinuosa carretera.

Por fin la meseta. Era ya muy noche cuando tomamos la autopista. Horas después el hambre nos hizo detenernos en un restaurant que solo frecuentan choferes y camioneros. Nos rascamos las bolsas y solo completamos un café aguado y unas papitas.  Tendríamos que conformarnos. Era todo lo que podíamos comprar con ese presupuesto. El Pato cansado me dejó manejar a mi el resto del camino. Lo cual no era mucho pero dada la hora de la madrugada, sería la parte más cansada de nuestro retorno.

Manejaba escuchando música para no dormirme aun asi cabeceaba de vez en cuando. Ellos tres hacía rato que roncaban. En la penumbra de la madrugada divisé en el horizonte el resplandor de las luces de mi ciudad. En el retrovisor, la luz tenue del cielo a mis espaldas, daba ya los primeros indicios del amanecer. Me sentí relajado y contento de haber terminado aquel viaje sin mayores contratiempos de los ya contados anteriormente. Miré el indicador de la gasolina y supuse que con aquel combustible llegaríamos sin problemas a nuestro destino.

En ese discurrir me encontraba cuando de pronto algo me despertó de mi cavilar. Un impacto inesperado me llenó el parabrisas de plumas y había dejado un manchón sanguinoliento en la esquina superior derecha del vidrio delantero. El golpe fue seco pero no despertó a mis acompañantes.  Solo a mí. Me quedé absorto en el manchón por un momento observando las plumas todavía pegadas al vidrio con la sangre.  Me preguntaba cómo era posible que aquel plumífero había impacto de frente contra mi sin esquivarme. De repente pensé algo que me pareció un presagio tétrico.  ¿Sería algún tipo de maldición que me perseguía por algún motivo? Moví mi cabeza para sacar aquel pensamiento de mi mente y me concentré en el camino. Poco tiempo después ya con la luz del sol asomando entre las montañas entramos a la ciudad y destino final de nuestro viaje. Olvidé aquel suceso del ave impactada a pesar de tener el manchón de sangre todavía en el vidrio. Supongo que me había acostumbrado a él.

El ruido de la ciudad, la disminución de la velocidad y las paradas continuas, terminaron por despertar a mis tripulantes. De repente recordé el suceso al amanecer pero me quedé callado. Pensé que nadie notaría aquella mancha en el vidrio si yo no la señalaba. Pero no fue asi. Uno de los tres, no recuerdo quien, me preguntó, -¿Que es eso?- Y yo haciendome como que la virgen me hablaba me hice guaje (pato o pendejo, que pal caso es lo mesmo), y respondí entredientes. -Nada. No sé. El Balú, que de los tres era el más insistente para chingar el alma, dijo en voz alta “NO MAMESSS!!! jajajajaja te llevaste un pajarito güey!!!! Y los tres al mismo tiempo soltaron tremenda carcajada, para mi vergüenza.

A partir de ese momento la muerte de la liebre y del pajarito pasaron a formar parte de las historias del viaje que al poco tiempo me ganaron el mote del Killer y que a la fecha me persigue.

Todavía hasta el día de hoy, después de muchos muchos años de aquel viaje, hay gente que no conoce mi nombre verdadero y habla a mi casa preguntando por el Killer. Incluso cuando mis amigos me presentan con alguien, no me presentan por mi nombre. Para ellos soy el Killer. Y en más de una ocasión he escuchado decir a algunos “Ah!!! ¿Con que tu eres el famosísimo Killer, ¿eh?… él de las historias”. La fama de aquel apodo ha corrido de forma paralela en una serie de leyendas urbanas acerca de su origen.   Una más increíblemente desarrollada y detallada -falazmente- que la anterior.

La cosa es que el presagio aquel que tuve mientras miraba el manchón de sangre en el vidrio se volvió realidad. Y no no me siento orgulloso del apodo, ni de sumar a mi lista una cantidad interminable de víctimas callejeras, ni le atribuyo a la suerte o a alguna maldición,  las muertes de los pobres animalitos que se cruzan en mi camino. Creo que es simplemente que tengo muchas horas/viaje en carretera.  Al menos de eso trato de convencerme cada vez que algo así sucede.

Ese día al que hago referencia en mi primera publicación de la saga, fue que regresaba de mi terruño. La mala fortuna de un venado lo llevó a encontrarse al cruzar la carretera, con un sujeto que sin querer se ganó el mote del Killer.

Oído en algún Banco

-Oiga señorita, ¿qué son todos estos cargos que aparecen en mi estado de cuenta?
-Son cargos por retiro en cajeros que no pertenecen al banco. Éstos en particular hechos en… Mazatlán.
-¿Y estos otros?
-Son los cargos por retiro de efectivo con saldo insuficiente
-Plop!

 

Oído en algún Departamento

-Oye Champi, que bueno que llegas de tus vacaciones. La semana pasada te depositamos el dinero de la renta en tu cuenta de banco y tienes que ir a dar el cheque a la oficina de los depas. Que no se te pase, gracias.
-Plop!

(El pollito vino porque soy bien pinche exageradamente friolento y por tener un vecino muy cagapalos bueno para poner apodos).

Ahora si, FIN.

Memorias de un Asesino – 9a Parte

October 19, 2009

Después de unas merecidas vacaciones (y unas semanas más extras), le seguimos. Vengo renovado, y a las vez me siento tan viejo.

En fin.

Ah si, la novena parte. Creo que estamos cerca del final.

9a Parte – Memoria Fotográfica

La última noche que estuvimos en la playa nos dormimos temprano. No solo no teníamos dinero, si no que, tampoco teníamos ánimos ni fuerza para seguir una noche más en la jarra. Estabamos exhaustos, crudos, desvelados y en la quiebra. En mucho el dormirnos sin salir fue también para escapar en un sueño profundo de nuestra situación y realidad en ese momento. No había suficiente dinero para el regreso y aunque nadie mostró una preocupación notoria, si no más bien risas y comentarios nerviosos, era obvio que estabamos en una situación un tanto apretada. Aun así dormimos… y dormimos.

Al día siguiente, recargados en sueño perdido, las cosas parecían menos piores. Seguíamos sin dinero, pero la preocupación se fue con el cansancio. Aquella preocupación se volvió un valemadrismo aligerado que ya no se sentía como el día anterior.

Subimos las maletas al vocho y entregamos la llave en recepción poco antes del medio día y dejamos nuestro hotel. Las intenciones eran aprovechar ese último día en el resort al menos unas horas, antes de partir. Pero primero había que llenar la barriga.

Manejamos por las calles sin rumbo fijo en realidad. Buscábamos un lugar donde comer que se ajustara a nuestro magro y escueto presupuesto. Y así fue como dimos con un bufet de pizza en alguna parte del malecón. Pagamos tres, comimos cuatro y sin refresco. Nuestros gastos para beáticos aunque mínimos, ya estaban separados del dinero que utlizaríamos para gasolina y casetas, pero aun así no estabamos tan seguros que alcanzaría. Pensamos que de ser necesario alguien de nosotros tendría que hablar a su familia para que nos hicieran un leve prestamo para completar el viaje. Afortunadamente eso no fue necesario, aunque lo consumido en el bufet fue la última comida decente del viaje que pudimos hacer.

En el resort realmente hicimos acto de presencia para sentir que al menos no nos ibamos sin despedirnos. ¿De quién? No sabíamos. De nuestros recuerdos tal vez. Esa última visita fue tan diferente a las pasadas. No había dinero para caguamas, ni para nada más en su defecto, como lo hubo antes en abundancia.

Caminamos por la alberca con una cierta nostalgia en el rostro, pusimos nuestras cosas en un camastro, y bajamos a la playa a despedirnos del mar posando los pies sobre la arena caliente del medio día. Hicimos entre nosotros algunos comentarios sin importancia y para cuando decidimos irnos tiempo después, las cosas que habíamos dejado en el camastro habían desaparecido.

Entre las cosas robadas estaba la cámara fotográfica de 35mm que yo había llevado para el viaje, con un rollo de máxima velocidad de captura y especial para tomas a media y baja luz (recordemos que en aquellos entonces las cámaras no eran digitales). Alguna persona desalmada e inconsciente de lo que significaba aquel film, se robó la bitácora y memoria gráfica del viaje dentro de la cámara contenida.

En alguna parte del mundo, de haberse revelado el rollo, circulan las fotos de cuatro personajes desconocidos, haciendo las cosas más estúpidas que un grupo de jóvenes adultos pueden hacer bajo los efectos del alcohol. En alguna parte, tal vez en Francia, China, o EU, están impresas en papel fotografía las nalgas del Pato asomando por la ventana del cuarto del hotel, la foto de un joven dormido en un vocho, borracho y con la puerta abierta, y que era la imagen mía de aquella noche, previo a la pelea (y motivo de la misma) del Balú con los gringos; la conquista de cada uno, incluyendo a la fresa sonorense que conoció el Pato, y a la treintona queretana obviamente de cuando estuve con ella en cuclillas mar adentro, tomándola por la cintura y escondiendo mi vergüenza de hombre inexperto y torpe. Sin olvidar por supuesto aquella foto de los cuatro en el restaurante, alzando por la cola el esqueleto de pescado que cada quien acababa de comer, el día que dimos en aquel golpe de fortuna, con el generoso cajero automático de banco.

En fin, 36 exposiciones a color de las cosas más absurdas que pudimos capturar de los cuatro en esos días. En ese rollo de cámara están grabadas para siempre las almas de aquellos cuatro muchachos que tuvieron el mundo a sus pies por una semana, y del cual solo les queda un vago y lejano recuerdo, y este relato que lo constata.

Continúa.

Memorias de un Asesino – 8va Parte

August 12, 2009

Ya no me disculpo por la tardanza. Mejor le sigo.

8va Parte – A la Orilla del Mar

No sé si alguna vez han tenido ese sentimiento de omnipotencia que da el tener el bolsillo bien empacado con billetes. Es como una explosión de sangre y adrenalina al cerebro. Aunque ese mismo sentimiento es tan efímero como el latido del corazón que los bombea, y tan endeblemente peligroso como caminar sobre un puente hecho de palillos dentales.

Salimos del cajero cuando ya no pudimos sacarle más. El Champi sustrajo varios miles de pesos y yo, aunque no fuí tan afortunado, pude obtener una cantidad lo suficientemente grande como para terminar mis vacaciones sin limitaciones de ningún tipo. Basta decir que aquella tarde yo invité la comida, que terminó con una foto de los cuatro alzando por la cola el esqueleto del pescado frito que cada quien acababa de comer, simulando, como en las caricaturas, que sacabamos el pescado entero de la boca ya sin carne en los huesos. Todo era una sola emoción y se nos notaba en nuestra actitud. Si el mundo ya era nuestro previo al encuentro con la caja mágica, ahora estaba a nuestros pies.

Regresamos al hotel y pedimos, no, exigimos al gerente una mejor habitación que el austero y caluroso cuarto de tercera que ocupabamos. Una vez instalados en una de las mejores habitaciones que tenía disponible el hotel, y después de dormir la siesta de la tarde previo al fandango nocturno, nos alistamos para salir, con una actitud llena de confianza y bien respaldada económicamente. La humedad de la noche olía diferente, los colores eran mas brillantes y hasta el vocho se veía renovado. Subimos en él y nos paseamos por el malecón dirigiendonos seguros a uno de los bares más exclusivos y reconocidos del puerto (en realidad era un antrillo cualquiera, pero con billete todo tomaba otras dimensiones).

Llegamos al antro luciendo en nuestras mejores garras y nos dirigimos al cadenero. “Vamos a pedir botella” le dijimos onerosamente para que nos oyeran los que formaban la fila que se alargaba frente a la entrada del bar. El cadenero, cual perro entrenado, rápidamente levantó el gancho de su cadena y nos dejó pasar, informándole al capitán de meseros nuestras intenciones de hacer derroche monetario aquella noche en el bar.

La actitud lo es todo y nuestra actitud se concentraba en una mesa para cuatro con una botella al centro. Esa noche nos sentimos en las miradas de todos y hasta nos dimos el lujo de pendejear a unas lindas chicas que nos preguntaron que como estaban las playas de Chihuahua. Bueno y ¿quién no lo hubiera hecho? (Hasta un niño de primaria sabe que Chihuahua no tiene más playas que las que se encuentran en su desierto que se extiende entre la capital y la frontera al norte) y por eso nos sentimos ofendidos. Las eliminamos de nuestra lista de personas gratas y nos dedicamos con pisto en mano, a tirar rostro en otra dirección castigándolas con el látigo de nuestra indiferencia. Ya vendrían otras.

La velada se pasó muy rapido y cuando menos pensamos ya estabamos de regreso en el hotel en una mezcla de amnesia alcoholizada y euforia.

El Pato conoció esa noche a una chica de Sonora que se volvió su amor de verano aquel verano, y platónico por mucho tiempo. La chicuela le tiraba cajeta al Pato (es decir, lo ninguneaba abiertamente y en su cara, como nosotros lo habíamos hecho con las chicas de “las playas de Chihuahua”), y el Pato como podía, la esquivaba falaz, y muy pero muy enamorado.

Entre las muchas preguntas que ella le formulaba al Pato (para ver que clase de alcurnia poseía) estuvo aquella de “¿En que vienen?”, y acto seguido a la respuesta del Pato vino aquella otra de “¿Vienen en pulga desde Chihuahuuua?”. Léase con acento de aquellos pocos afortunados tocados por dios (con un hierro caliente en la lengua), algo así como la Paulina Rubio, Luismi o su versión región 4, el Roberto Palazuelos.

El Pato para apantallarla le dijo entre otras cosas que la Pulga (o sea mi vocho) en la que viajabamos, era de la compañia del papá de su amigo (o sea yo) y que no la habíamos “robado” para ir a la playa (o sea Mazatlán) y que además pensabamos venderla para regresarnos en avión (o sea, ¿que pedo pasa con mis compas??). No, si ese Pato era todo un actor consumado y con más salidas que el distribuidor vial del periférico del DF. Aunque todo le fue en vano, porque creo que no le pudo sacar ni un apretón de … apretón de manos, eso es.

A mi no me fue menos peor. También esa noche conocí una chicuela queretana que me dijo tener veintiún añitos. Lo cual generó sonora carcajada en mis amigos cuando la vieron, porque según su percepción de la edad, la chica ya le andaba pegando al treintón, al menos. “Nombre, no seas güey -me dijeron- … al menos unos treintayquiúbole”. Pero bueno, para un chamaco calenturiento de dieciocho años la edad era lo menos importante, yo también lo que quería era apretarle las…. las manos.

Al día siguiente que la conocí me invito a la playa de su hotel. Así que le pedí a mis compañeros de viaje y aventura que fueran, y me aventaran a dicho hotel para disfrutar del sol del medio día acompañado de la “treintona”, y que se llevaran el vocho a donde ellos quisieran para regresar más tarde por mi. Pero ¿cómo se iban ellos a perder de tan interesante espectáculo de cortejo febril? Sin que yo me diera cuenta y tomando cierta distancia, el Pato, el Champi, y el Balú me miraban expectantes sentados a la sombra de una palapa en la playa.

Divisé a mi conquista sobre una toalla en la playa, cerca de la escalera que dá a la alberca del hotel. Me acerqué y la saludé nervioso y temeroso de que no me recordara por los excesos (míos) de la noche anterior. Para mi fortuna y orgullo varonil, no fue así. De inmediato me invitó a sentarme y le habló al mesero para que nos llevara algo de la barra. Unos pistos después y ya medio jalaos y en confianza, a aquella mujer de las tres décadas, le dieron unas ganas enormes de meterse al mar, según me dijo. Y yo como lo que quería era apretarle las… manos… pues la invité a darnos un chapuzón en los dominios de Poseidón, no sin antes advertirme que ella nunca aprendió a nadar. Yo ya envalentonado por los alcoholes que nos acababamos de tomar, le dije que no había ningún problema, que yo la iba a cuidar (y hasta le iba a enseñar a nadar)… ingenuo.

Nos metimos al mar y avanzamos un poco, pero mi conquista se acobardó al sentir el movimiento de las olas, y se abrazó firmemente a mí, pidiéndome que regresáramos cerca de la orilla. Sobra decir que su cercanía, sus brazos en mi cuello, lo salado del agua y el calor tropical, provocaron en mi un reflejo involuntario bastante vergonzoso. Entonces sin saber que hacer o como manejar la situación tan incomoda, decidí soltarla de inmediato, pero aquella mujer se aferraba a mi cuello como chango bananero, por temor de ser arrastrada mar adentro. La cosa es que a mi ya no me importaba su seguridad ya que el nivel del agua cerca de la orilla, nos llegaba apenas encima de las rodillas. Lo que yo quería era esconder mi vergüenza, así que intente tranquilizarla y la tomé a distancia sujetándola lejos de mi por la cadera manteniendo esa área de mi cuerpo sumergida en el agua, subiendo y bajando en cuclillas con la marea, mientras las olas iban y venían, tratando de esconder mi naturaleza de hombre.

Una vez que me sentí más relajado y seguro de poder salir de aquel bochornoso suceso, la pedí que regresáramos a la playa, que la sesión de natación había terminado, a lo que ella accedió rápidamente. Y sin esperar más salimos del agua. Mientras nos dirigíamos, yo apenado y ella asustada, hacía la playa pude distinguir a lo lejos a tres individuos que se desternillaban a carcajada abierta en una palapa a la distancia, apuntando en mi dirección e imitándo mis reacciones anteriores mientras intentaba esconder mi… cintura. Si, eran el Pato, el Champi y el Balú que habían cobrado con creces su paciencia y espera.

Me despedí de la treintona apenado y caminé abatido hacía la palapa donde me esperaba una buena y muy, pero muy larga sesión de burlas y comentarios sarcásticos. De hecho, todavía que sale al tema ese viaje en alguna reunión, los tres me recuerdan aquel evento funesto que ocurrió aquel día en la orilla del mar.

Nuestros últimos días de abundancia financiera se fueron, y nos encontramos los cuatro al borde de nuestro regreso, casi sin un quinto en la bolsa. Acudimos al cajero a ver si podíamos exprimirle algo más pero solo nos escupió boletas de balance insuficiente. Era obvio que habíamos derrochado nuestra buena fortuna irresponsablemente. Se acabaron las vacaciones y de igual manera el dinero. Y todavía faltaba el regreso.

Continúa.

Memorias de un Asesino – 7a Parte

July 9, 2009

7a Parte – La Caja Mágica

Las cosas no se podían poner mejor para nosotros. Pero si se pusieron.

Despúes de obtener el famoso cartoncillo que nos abrió las puertas del paraíso, y de hacer el reconocimiento de aquel resort, nos dirigimos a comer para no desfallecer, ya que poco nos faltaba. Encontramos pues, cerca del centro de la ciudad, una marisquería (un lugar donde venden, y no donde se venden los mariscos). Donde aparte de mariscos, vendían un pescado frito que ¡¡¡uuuuuts!!!, estaba rebueno el desgraciao (¿ó será que siempre teníamos mucha hambre?). El restaurante estaba en unas palapas al aire libre, con mesas y sillas de lámina de alguna cervecería, como se acostumbra en muchos establecimientos de este tipo.

La cosa es que a pesar de su fachada sencilla, no era muy barato. Pero bien valía la pena hacer el gasto, aun y así, por lo limitado del presupuesto, comieras dogos (hot dogs) el resto del día, y que en aquel entonces los dogueros, pululaban en el puerto (doguero= dícese de la persona encargada del puesto de dogos, con un léxico coloquial y que por lo regular se refiere a ti como “parejita”). De hecho comimos tantos hot dogs durante nuestra estancia, que nos hicimos compas del doguero. Y por estar a la puerta del hotel, hasta nos avisaba quien de nosotros ya había ido a desayunar/cenar/volver a cenar, quien había salido, quien había invitado a alguna conquista a deleitarse con los dogos, etc.

Otro problema más, el de las comidas, estaba resuelto. Una vez al día a comer pescado y mariscos, y las demás comidas con una salchicha enredada en tocino dentro de un pan, bastaba.

Hay un objeto que recuerdo en particular, que fue un ícono para todos nosotros en ese viaje, aparte del vocho. Era un contenedor o recipiente tipo thermo, cilíndrico con tapadera enroscable y una pipeta giratoria con el propósito de absorber su contenido sin quitar la tapadera, con capacidad de dos litros. Tenía impresa publicidad de las baterías para automóvil LTH, y que el Pato había incluido (por razones para mi desconocidas), como parte de su equipaje.

Hasta este momento no dejo de agradecerle al Pato, por que ese thermo nos mantuvo alcoholizados a donde quiera que nos dirigieramos, y con un impacto económico mínimo. El día se nos iba en la alberca del resort, nadando abrazados de aquel thermo, y el cual rellenabamos constantemente en la tiendita del mandado del mismo resort (a escondidas del staff y empleados), donde vendian la ballena (cerveza de un litro) por el mismo precio que cualquier otro expendio de cerveza. ¡Una ganga!

Debo mencionar que comprar cerveza en la barra de la alberca, para la capacidad de absorción etílica de 4 estudiantes universitarios, hubiera sido nuestra completa ruina en los primeros días. El problema de nuestras necesidades de embrutecimiento vía oral, ya estaba también resuelta. Solo que hacíamos viajes constantes al baño y a rellenar con el contenido de dos ballenas, nuestro salvavidas. Y digo nuestro salvavidas, literalmente, por que aparte de mantenernos frescos y pedos, el thermo flotaba en el agua. Les digo: ¡Una maravilla!

Cuando la novia del Balú y su familia dejaron la habitación al término de sus vacaciones, pensamos que nuestra presencia en el resort levantaría sospechas, ya que el número de habitación aparecía en el permiso de estacionamiento y expiraba al término del periodo del tiempo compartido. Pero en realidad nunca representó ningún problema, por que para el segundo o tercer día de haber llegado, y que fue cuando la novia del Balú y su familia dejaron el resort, ya los meseros, los bartenders, los guardias, etc. nos conocían y se habían familiarizado tanto con nosotros, que nunca llegaron a pensar que nosotros no fueramos miembros de aquel exclusivo complejo turístico (en aquel entonces no se utilizaban las pulseras para miembros).

Uno de esos días decidimos incluso regresar en la noche al bar del resort, y aprovechar la oferta de la barra libre para los miembros, a algo así como 100 baritos por cabeza. Debo confesar que solo recuerdo haber llegado al antro y como las dos primeras horas de aquel jolgorio. En ese inter conocimos unas chicuelas que venían de California y entablamos amena conversación, vayan ustedes a saber de que. De pronto me sentí ya muy tomado y como casi siempre me pasa, me retiro a mis aposentos a descansar, previo a haber cenado, y me duermo, para no hacer más el ridículo. Pero en este caso no me podía retirar a ningún lado porque ese ni siquiera era mi hotel. Y no solo eso, si no que tenía que esperar a que mis compañeros inseparables de viaje y jarra, terminaran de divertirse para poder irnos todos juntos a nuestra terrible realidad, digo a nuestro hotel. Así que me salí, abrí el vocho, giré las perillas que reclinan los asientos y ahí me dispuse a darle un arrimón al Morféo, el cual sin más ni más, me noqueó completamente.

Lo siguiente que supe fue que el Balú se estaba peleando con unos gringos, que según me contaron después, se habían burlado de mí al salir del antro al verme ahí todo pedote dormido en el vocho con la música puesta y las puertas abiertas. A Balú, que junto con el Champi y el Pato, iba también de salida, se le calentó la sangre y se partió (sin que se la partieran) la mausser contra los dos gringos burlones y todo por mi dignidad y honor de borracho. Lo curioso del asunto es que los guardias llegaron a defendernos a nosotros a pesar de que nosotros (dijo la mosca) habíamos empezado el pleito. Corrieron a los gringos, los sacaron de la propiedad, y tratando de tranquilizarnos nos pidieron que mejor nos fueramos a nuestro cuarto… ¿¿¿ ??? pero como obviamente nosotros no teníamos ningún cuarto en el complejo, les dijimos a los guardias que ibamos a cenar y que en un ratito (como en unas ocho horas) regresabamos. Y así muy discreta, pero triunfalmente, abandonamos en el vocho el bar del resort aquella noche y llegamos a cenar y contarle con lujo de detalle nuestra aventura a nuestro amigo el doguero, quien se emocionó más que nosotros al platicarle nuestra hazaña (la vida de doguero carece de emociones al parecer).

Al día siguiente, con una crudota mortal moral, decidimos ir a nuestro restaurante ya mencionado y preferido, a curarnos la cruz con unos buenos clamatos y un cocktel campechano de mariscos. Solo que el Champi me pidió que primero parara en un cajero a sacar algo de dinero porque ya se había gastado lo que llevaba del camino.

Paramos en el malecón en unos locales comerciales, de los cuales uno era banco y tenía cajero, y se dispuso a sacar algo de efectivo. Nosotros esperabamos en el vocho a que el Champi regresara, cuando en eso lo vemos salir del cajero con su ya conocida (para nosotros) sonrisa maliciosa dibujada en su rostro, indicándonos que algo había hecho. El Champi se acerca a la ventana del vocho y nos cuenta que el cajero le dió dinero todavía después de haber sacado lo único que le quedaba en la cuenta.

Nosotros incrédulos (ya que el Champi tiene precisamente fama de ser muy serio y nunca burlarse de la gente) nos bajamos inmediátamente del vocho y nos metimos con él al cajero. Metió su tarjeta en la ranura y consultó saldo. La pantalla le mostró su saldo en ceros y nos dijo -Miren ahora… -, pulsó la cantidad de cien pesos y en ese momento se escuchó accionarse el sistema automático que llevan en sus entrañas esas codiciadas máquinas de cajero. Unos instantes después, se abre la pequeña cejilla de abajo de la pantalla, y deja asomar el borde de un billete de cien pesos, ¡¡¡Asi ya le saqué mil pesos!!!- nos dijo el Champi, notoriamente emocionado.

Nos miramos pasmados ante aquel suceso que parecía sacado del diálogo e historia de una película hollywoodense, empujé al Champi a un lado y les dije -Déjenme intentar con mi tarjeta-. Sabía que en esa tarjeta no tenía ni un peso, puesto saqué hasta el último centavo para el viaje. Y así metí mi tarjeta un poco tembloroso y nervioso y pulsé la misma cantidad. En ese momento escuché el mecanismo accionarse y vi un billete aparecer en la cejilla de igual manera, como hacía apenas unos segundos había ocurrido con el Champi.

¡¡¡Eso era increible!!! Un cajero mágico, que de la nada nos daba dinero.
Continúa.

Memorias de un Asesino – 6a Parte

June 12, 2009

Debo pedirles que perdonen mi ausencia del blog, pero estas últimas semanas he tenido mucho trabajo que me impidió seguirle con la saga. Sin más excusas, aquí andamos ya otra vez para continuar con la novela en línea preferida por todas las chachas y amas de casa que le saben al interne’.

6a Parte. Encontrando el Paraíso.

Nos habíamos quedado en que ya estabamos en el puerto, recién llegados, cansados, ponchados pero igualmente emocionados y emebelecidos por la infinidad de aquel mar (también veníamos enronchados porque, ah como estan bravos los mosquitos en Durango).

Nuestro siguiente paso, después de arreglar la llanta del vocho, fue conseguir hospedaje… cosa que no fue fácil (¿a poco creen que llevabamos reservaciones… o dinero?) Nosotros ibamos al ingue su… a la aventura. Y por consecuencia de la temporada alta y nuestro presupuesto de estudiantes, terminamos en la posada de Don Pelayo. Ampliamente recomendada por el hermano mayor del Pato que un año atrás la había visitado para hospedarse con sus amigos. “Es una ganga”, según nos dijo.

Pintoresco lugar debo decir, y con una fachada engañosa, sin acceso al mar pero sobre el malecón y área más concurrida por los turistas por estar cerca de los bares y los antros de más renombre. Pagamos la primera noche y nos dieron nuestra llave del cuarto. Después habría tiempo de buscar un lugar más decente con playa, pensamos, ahora solo queríamos descansar. Nos dirigimos al cuarto y abrimos la puerta (al menos tenía cerradura). El alboroto de los cuatro se apagó abruptamente por la escena. Todos nos quedamos callados al ver aquel lugar tan… precario, sucio y descuidado. La televisión tenía como antena un gancho de ropa, las cajoneras no tenían cajones, y tras la cortina de vinil de la regadera se apreciaban algunas cucarachas que al parecer habían muerto desde que Don Pelayo había terminado de construir el hotel.

El Pato, con el afán de levantarnos la moral dijo -Pues no está tan mal… al menos tiene buenas camas-, y brincó para dejarse caer de espalda sobre una de las dos camas que había en el cuarto. La caída fue seca y sin rebote. La base de la cama era de concreto y el Pato se llevó un tremendo golpazo que lo dejó sin sensibilidad en la cadera y en las piernas por unas horas. Ese fue motivo suficiente para regresar a recepción (arrastrando al pato de los brazos) a pedir un reembolso. Terminamos perdiendo el depósito, ya que se opusieron a regresarlo, porque argumentaba la recepcionista, una mujer gorda y renegrida por el sol,  que una de las camas había sido destendida. Sin querer discutir más y dando por perdido nuestro depósito, salimos frustrados de aquel lugar en busca de un hotel mejor.

Recorrimos todos los hoteles del malecón sin suerte. Todo estaba hasta el tope.

Cuando habíamos perdido la esperanza de encontrar alojamiento, por fin, en un hotel de más o menos decente categoría, pero de igual forma sin acceso directo al mar, nos informaban, después de mucho rogar y esperar, que era probable que esa misma tarde se desocupara una habitación. Pero con la novedad de que la habitación no contaba con aire acondicionado, solo abanicos de techo. El hotel además contaba con una diminuta alberca atestada de niños miones y gritones. El hotel era en mucho, mejor que la posada del diablo, digo de Don Pelayo, pero dejaba mucho que desear. Aunque por las circunstancias en las que nos encotrabamos todo nos pareció de poca importancia. Además que ya para cuando nos informaron del infortunio del aire acondicionado nosotros ya teníamos algunos minutos de haber ingresado al bar del hotel a disfrutar de la llamada hora feliz. Así que ya medio jalaos, resignados y cansados, decidimos aceptar lo que el recepcionista y la buena o mala fortuna nos ofreciera. Aunque fuera más mala que buena.

El cuarto no era tan malo después de todo. Un poco sofocado durante el día, pero una vez que el sol bajaba un poco, los abanicos hacían circular algo de aire que se alcanzaba a colar por la ventana de aquel cuarto localizado en el último piso del hotel. Además que de día poco estaríamos en el cuarto. Y con argumentos parecidos nos consolabamos un poco. Siempre nos quedaba el consuelo comparativo de la posada de Don Pelayo para acabar con nuestras quejas de aquel lugar.

Ya un poco más dispuestos que resignados, tomamos un baño, y descansamos un poco. Después salimos en el vocho en busca de algo que comer. El Balú nos pidió llevarlo a buscar a su novia, cosa a la cual nos opusimos. La novia del Balú se encontraba hospedada con su familia, desde hacía casi una semana, en uno de esos grandes resorts que ofrecen tiempos compartidos. La coincidencia de nuestra estadía con la de la novia del Balú sería solo por dos días más, puesto que ella y su familia estaban por cumplir su tiempo compartido en aquel lugar y su viaje de regreso era próximo. Y el Balú quería por lo menos aprovechar a su novia por esos dos días. Nos mofamos de él como se acostumbra entre compas cuando alguien anda de mandilón, pero terminamos por acceder a llevarlo a buscar a su novia, apesar de que lo que realmente queríamos era comer… y seguir tomando.

Manejamos por algunos minutos alejándonos de la zona hotelera hasta que dimos con el lugar. En el estacionamiento, el guardia de seguridad en la caseta de entrada nos detuvo apenas entramos, preguntándonos por el número de habitación en donde se hospedaba la familia de la novia del Balú, cosa que no sabíamos. Y como no teníamos permiso de estacionamiento, ni reservación ninguna, nos negó el paso en el vehículo. Así que el Balú se apeó y entró caminando a buscar a su novia y regresó unos minutos después con un cartoncillo en la mano. Era un permiso de estacionamiento expedido por el padre de su novia en la recepción para que nos dejaran entrar en el vehículo al estacionamiento del complejo.

Ese mismo permiso y el número de habitación de la familia de la novia del Balú, los utilizaríamos durante el resto de nuestro viaje para hacer uso de las instalaciones de aquel resort, desde el estacionamiento, la playa frente al hotel, el restaurant, el bar (por supuesto), hasta el servicio de toallas para alberca.

Aquel cartoncito nos abrió las puertas al paraíso. De pronto y como por un milagro, habíamos pasado de las instalaciones patito de nuestro hotel de segunda, a instalaciones de lujo. Por un momento y llenos de regocijo y emoción en la panza, el hambre se esfumó de repente. Aquello lo cambiaba todo. La comida podía esperar.

Continúa.

Memorias de un Asesino – 5a Parte

May 12, 2009

5a Parte. Empieza la Odisea.

Déjenme rápidamente les hago una descripción del super vochornoso en el que nos disponiamos a partir rumbo a la playa:

Era un vocho azul marino modelo 1990 (que en realidad no hace ninguna diferencia conocer el modelo, porque los vochos no cambiaron nunca). El vocho tenía los vidrios polarizados estilo narcovehículo , es decir que ni yo mismo veía nada estando adentro del vocho, entonces manejaba con la cabeza afuera de la ventana para poder ver por donde iba. El velocímetro tenía la particularidad de quedarse “pegado” y daba una falsa lectura. Según alguien me había explicado que el cable que conectaba el velocímetro con el engrane que gira junto con el cable y que hace el movimiento y conversión para marcar la velocidad en el tablero, podría estar dañado haciendo que éste marcara una velocidad superior a la que en realidad iba el vehículo. Así que si yo iba a cierta velocidad, el velocímetro marcaba unos veinte o treinta kilometros más. Estoy seguro que el vocho no corría a más de 120-130 km/h con el acelerador a fondo, pero el velocímetro automáticamente lo convertía en el vocho más rápido de la historia, registrando velocidades superiores a los 160 km/h…. con cuatro pasajeros…  y de subida.

Estas carácteristicas aunadas al hecho de que manejabamos de noche, al ruido cercano del motor (él o la que ha tenido o tiene vocho sabe a que me refiero, el motor del vocho literalmente lo oyes atrasito de tu oído… y fuerte), y al hecho también de que no veiamos nada hacia afuera, daba la impresión, al menos a mis pasajeros, de ir a exceso de velocidad. Yo ya estaba muy acostumbrado a ello. Para los demás en cambio parecía ser algo muy notorio, aunque en realidad el vocho no iba a más de 110 km/h, ni el Pato, ni el Balú, ni el Champi, sabían del desperfecto en el velócimetro, y yo no iba a desprestigiar a mi vocho, así que todo el tiempo los dejé creer que el vocho era literalmente un bólido. Había cierta tensión y nerviosismo al respecto y en más de una ocasión me recomendaron manejar con moderación en mi velocidad. Yo con un mohín de malicia en el rostro, hacía caso omiso.

El viaje transcurría sin mayores problemas. Bueno con los problemas más básicos y conocidos que cualquier viaje pueda tener, pero sobre todo con la limitación del espacio interior y la incomodidad de los asientos que son característicos de los vochos. Alguna vez alguien aplicó la clásica treta de decir que “huele a pan caliente”, y eso me llevó a olfatear profundamente un pedo mientras me encontraba en busca del delicioso y conocido olor del pan recien horneado en el ambiente, como cuando se pasa cerca de una panadería.  Ya para cuando me di cuenta del engaño, me había fumado la mitad del pedo al menos, y entonces el culpable (que fue el Champi) soltó una sonora carcajada al haber hecho caer a sus inocentes víctimas bajo el efecto y estigma de su espantoso crimen… y de todos los crímenes que cometió durante el viaje, que fueron muchos.

Fuera de esos inconvenientes de viaje, no hubo mayores retrasos aunque el recuerdo del olor a pan caliente nunca volvió a ser el mismo. Hicimos las acostumbradas paradas técnicas y a diferencia de los protagonistas de aquellas dos famosas películas mexicanas que en ese entonces todavía ni siquiera eran pensadas, nosotros decidimos pagar casetas y viajar por carretera de cuota. La aventura sería, como contaremos más adelante, de la misma intensidad, pero sin urna de cenizas del abuelo…  y sin besos, claro… al menos no entre nosotros.

Al amanecer decidí pasarle el volante al Balú quién era el que mejor había descansado hasta el momento. La sinusitis de la que sufría le permitió permanecer insensible a los castigos recurrentes del Champi mientras dormía, y aunque en varias ocasiones el Balú sintió la cavidades nasales destapadas debido a lo corrosivo del ambiente, nunca llegó realmente a sufrir los efectos del denso aire al que eramos sometidos de vez en vez por el Champi (al Pato y a mi, hasta nos lloraban los ojitos). Poco antes de pedir clemencia al cielo y de creer que el Champi se descomponía en vida, vislumbramos la hermosa ciudad de Mazatlán. El clima serrano de Durango había quedado atrás, junto con su peligrosa carretera que cruza zigzagueante las montañas hacia el mar, y el calor húmedo de la playa se dejaba sentir. La sal llenaba el aire, la piel y los labios, y nos encontrabamos agradecidos de haber llegado a nuestro destino sanos y salvos. No hubo mayores complicaciones. Solo una llanta, que se ponchó cuando entramos a la ciudad. Fuera de eso el vocho no sufrío ninguna otra falla. Debo decir, que el vocho se portó como los grandes.

Paramos rápidamente en el primer desponchado que encontramos, que estaba cerca del malecón, y mientras desponchaban la llanta corrimos emocionados a ver como las olas rompían cerca de la pared de concreto y piedra que se erguía frente a la playa. Cansados pero evidentemente embelesados por aquel sentimiento de plena satisfacción que da lo infinito, nos paramos uno al lado del otro a observar en silencio la imponencia del mar del Pácifico mexicano, mientras el sol de la mañana se levantaba en el horizonte.

Todavía teniamos que ir a encontrar un hotel, a instalarnos y a descansar, pero esos detalles tan pequeños, después de un viaje tan largo, pierden importancia. Habíamos llegado. Eso era lo que importaba.

Continúa.

Memorias de un Asesino – 4a Parte

May 5, 2009

4a parte. El Viaje.

Historias como la aventura del menudo eran cosa de todos los días, así, un poco más o un poco menos complicadas, pero todas parecían sacadas de un programa de comedia de situación. Afortunadamente, para mi (hígado), las circunstancias se tornaron cada vez más normales. Se acercaba el final del verano y las cosas volvían a su cotidianeidad de antes. Nos disponíamos a rentar un nuevo departamento (lo más lejos posible del Jumanji y sus cohabitantes) y sin ser más de los que eramos inicialmente, mi ex novia me buscaba arrepentida y quería regresar conmigo (yo no), el trabajo estaba a punto de terminar por el verano, mis encuentros con la gringuita habían llegado a su final con su retorno a la ciudad donde estudiaba, en fin. La vida parecía retomar su curso, y yo hacía lo mismo.

Las últimas dos semanas que quedaban previo al regreso a clases decidí no trabajarlas. Opté por recoger mis pertenencias del Jumanji y abandonar el departamento antes de perder la poca sanidad mental que me quedaba. El Pato y yo, en un momento de liberación tiramos sillas, sillones y lo que habia quedado inservible (o sea todos los muebles del depa) y los fuimos a arrojar al contenedor de la basura. Fue una buena terapia. Nada en aquel departamento parecía tener vida útil después los tres meses de “sana” convivencia de la perrada en el Jumanji. La alfombra fue irrescatable. Aquello parecía zona de guerra el día que salí de ahí. Pero nada importaba. Me sentí liberado de dejar aquel lugar. Con maleta lista y mi mirada puesta en la lontananza de aquella frontera, encendí el motor de mi bocho, prendí un cigarro, me despedí del Pato, y partí mientras miraba de vez en vez por el espejo retrovisor sobre mi frente como aquel lugar se hacía cada vez mas pequeño conforme me alejaba con destino a mi terruño, a 4 horas de camino.

Ya estando en mi terruño termine por sanar los traumas, sufrimientos y privaciones de aquellos tres meses. Dormía hasta tarde, comía lo que quería y me dejaba consentir por la gallina y por mi familia a los que no había visto en mucho tiempo. Las noches en las que las pesadillas del Jumanji me despertaban entre sollozos parecían cosa del pasado. Me dediqué a retomar la normalidad de mi vida, a descansar y a reponer las fuerzas para poder regresar a clases lo más posiblemente recuperado, desintoxicado y con la apariencia al menos de ser una persona normal. Todo pasaba con tranquilidad.

Hasta que un día sonó el teléfono en la casa. La gallina contestó y me comunicó. ¿Es para mi? -pregunté incrédulo cuando me pasó el aparato de teléfono-. Si nadie sabe que estoy aquí… ¿Si? ¿Quién habla? -pregunté-. Soy yo guey -de inmediato reconocí la voz del Pato-. ¿Que planes tienes para esta semana?, -me preguntó sin más formalismos-. Pues… nada en realidad -contesté con tono de desconfianza-. ¡¡Vamonos a Mazatlán!! -me dijo el Pato emocionado-,  ya tenemos en que irnos, además ya nos pagaron, así que por lana no paramos, dividimos gastos. Estamos saliendo del Jumanji, y vamos para allá, pasamos por ti, alístate que en cuanto lleguemos emprendemos el viaje, -me dijo sin darme opción a contestar con una negativa-. Pe..pe…pero… ¿quienes vamos? ¿y en que vamos? -le pregunté titubeando-. Aquí están conmigo el Balú y el Champi, e iriamos nosotros cuatro en el carro de la mamá del Champi. El carro está allá en la casa de la mamá, solo tenemos que pasar por él (El Champi y el Balú eran otros dos amigos míos que solían visitar el Jumanji y con los cuales había empezado una amistad poco antes de comenzar el verano por que trabajábamos y estudiabamos juntos en la universidad. Además que el Champi y el Pato eran primos hermanos, y aunque sin conocerlos previamente, todos eramos originarios de la misma ciudad y estudiantes foráneos en la uni).

Unas horas más tarde vuelve a llamarme el Pato, solo que esta ocasión ya no se oía emocionado. Al Champi no le habían prestado el carro de su mamá. Si queriamos ir, tendría que ser en camión puesto que no había otro medio disponible (a nuestras posibilidades) y un viaje de 12 horas en auto se vuelve de 18 o 20 en autobus (esos viajes son mortales). Un poco desilusionado le platico a mi madre que ya probablemente no ibamos a la playa, entonces ella con una enorme tranquilidad en su voz, como para mostrarme lo lógico y obvio de la solución, me dice “¿Y porque no se llevan tu bocho?”. Mis ojos se iluminaron de nueva cuenta y llamé al Pato para plantearle el plan. Yo nunca había manejado tan lejos y nunca pensé que me dieran permiso, pero ya tenía luz verde de la gallina. No se dijo más, el punto de reunión era mi casa dos horas más tarde y de ahí saldriamos con destino a la playa en mi bocho. Me preparaba mentalmente aquella tarde para manejar toda la noche hasta Mazatlán.

Mi duda siempre fué: ¿Sería posible llegar (sanos, salvos y en una sola pieza) en el super bocho? Eso lo ibamos a averiguar.

Continúa.

Resumidas con el Killer (29 de Abril 2009)

April 29, 2009

Interrumpimos su programación habitual para traerle un boletín de última hora. Su novela favorita, “Sin Senos No Hay Agasajo”, digo, “Memorias de un Asesino”, estará muy pronto de regreso al aire. No se la pierda.

La cosa está de miedo. Alguien me robó mi gansito.

Muy probablemente ya estan enterados de todo lo que el voy a decir, pero yo tengo que llenar la agenda informativa así que me vale wilson además que aquí si le decimos la verdad de las cosas. Al menos las analizamos desde un punto de vista distinto al que encontrará en cualquier noticierillo televisivo (gracias López Dóriga, no sé que haría sin ti… cero material, lo juro, no tendría tela de donde cortar) .

Internacional, Nacional y Local

La fiebre porcina está en todos lados. En la casa, en la escuela en el trabajo y es probable que usted sea portador del mal (música del exorcista). Al menos eso es lo que los medios se han encargado de difundir. La gripe norteamericana de influenza porcina es en realidad una de los cientos de enfermedades que compartimos con animales, los de consumo particularmente, sin mencionar a las chinches, pulgas, piojos y hasta garrapatas, y han existido desde que el hombre convive con animales domesticados de los cuales se alimenta. Cosa que lleva ya varios miles de años. Así que esto en realidad no es nada nuevo, ni será la última ocasión que lo veamos.

De la génesis, los verdaderos riesgos y las verdaderas consecuencias, es de lo que le vamos a informar aquí, en su noticiero de las 6 y cuarto, 7:27, 7:36, con su reportero y conductor estrella, su servilleta KillerPollito, o sea yo merengue.

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Memorias de un Asesino – 3a Parte

April 8, 2009

¿ En que ibamos? Ah si… las conquistas.

3a Parte. El Billete de la Suerte.

Antes (o después) de la gringuita tuve otros intentos de conquista, pero de momento no recuerdo con detalle porque no estaba yo completamente consciente de los hechos cuando ocurrieron, o al menos no completamente sobrio. Lo que si recuerdo de forma clara es que, una vez el Pato y yo (el Pato era mi roommate desde hacia un año y vivíamos juntos en el Jumanji), andabamos en la disco de galanes con unas polluelas con las que habíamos bailado toda la noche (15 mins) y decidimos dar el siguiente paso: invitarlas a cenar después del antro.

A esas horas de la madrugada lo único que podíamos cenar eran hot-dogs o menudo, y como nosotros queríamos quedar bien, las llevamos al menudo, porque los dogos no eran de mucha categoría (una menudería si lo era). En fin, el Pato confiado en mi respaldo y solvencia económica, pidió plato extra-grande con harta cebolla. Yo que siempre he sido de muy buen diente, le hice segunda, y “nuestras” chicas (como todas las mujeres cuando las acaba uno de conocer) se hicieron de boca pequeña y pidieron el plato chico cada una. Todos pedimos la respectiva coca-cola en botella de vidrio. La mesera tomó la orden y llevó la comanda a la cocina. Mientras tanto el Pato y yo nos disculpamos para pasar al tocador de niños… (perdón), quise decir al baño de los hombres. Justo después de cerrar la puerta se escuchó la siguiente conversación:

Pato: (en tono nervioso) ¿Tú traes lana verdad?
Yo: (en tono más nervioso) ¡No mames! ¿tú no traes?
P: Ni un quinto cabrón.
Yo: ¡Noooo güey!… jajajaja <==== (risa nerviosísima) ¿Qué vamos a hacer?
P: ¿Y si nos pelamos?
Yo: ¿Y cómo? ¿Por dónde? (en ese instante volteámos al mismo tiempo a ver la ventana del baño y le sacamos medidas mentales al marco. Yo si cabía, el Pato que siempre fue cachetón, no).
P: A ver güey, rascate las bolsas. Saca todo lo que traigas…. ¿Qué es eso?
Yo: Pues, es mi billete de 2 dólares de la buena suerte pero no lo voy a usar, es más nunca lo saco de mi cartera, estos billetes ya no los hacen, gordo. Prefiero pelarme.
P: Ponlo guey. Yo te consigo otro, te lo regalo. Tengo muchos.
Yo: (Ingénuamente) ¿En serio? ¿Tú me lo repones?
P: Si, si güey, neta. Yo lo repongo. ¿Qué más traes?
Yo: Pues el billete y unas monedas. Son como 20 pesos. ¿Tú cuánto traes?
P: Nada guey ando seco pero en el cenicero del carro traigo al menos otros 20 pesos. Déjame voy por ellos.
Yo: ¡¡¡Ah que huevos!!! Lo que tú quieres es dejarme. (En tono de súplica) No me dejes gordito (snif), no seas cabrón.
P: ¿Cómo te voy a dejar? No no, regreso de volada.
Yo: Júrame, júrame cabrón que vas a regresar. A ver a ver que yo te vea.
P: No mames, neta, ¿cómo me crees capaz de dejarte? No no, voy al carro y vengo. Te lo juro.
Yo: (Combo de tono, dedo y mirada amenazantes) Ay de ti gordo si me dejas.

Salimos del baño, y los platos de menudo ya estaban en la mesa. Le hice señas con las cejas al Pato esperando que se acordara de su juramento mientras se dirigía a la salida. Asi lo vi caminar tras la puerta de cristal que daba a ese oscuro y húmedo estacionamiento (en realidad el estacionamiento estaba iluminado y seco, pero dadas las circunstancias a mi todo me parecía lugubre). Me senté y traté de disimular lo más que pude nuestra situación. “¡Como se tardaron!” – comentó una de ellas-, “¿Y tu amigo a dónde fue?”, – dijo la otra. Ah! -le digo-, fue a traer… traer… buscar… algo al carro, pero en un momento regresa.

Confieso que el menudo me dejo de saber a vinagre cuando vi reaparecer al Pato en la entrada de la menudería. Su bolsa derecha del panatalon estaba abultada y hacía sonidos metálico a cada paso que daba como maraca. El Pato había metido en su bolsillo todas las monedas que encontró en su cenicero del carro. Se sentó y sin decir nada empezó a cucharear su plato de menudo. El Pato sudaba a chorros, por los nervios, yo no lo hacía menos. Y nuestro semblante seguía reflejando el nerviosismo causado por la situación en la que estabamos. Ellas vieron nuestro sufrimiento, pero no se imaginaban lo que pasaba. “Está picoso, ¿verdad?” Nos dijo una de ellas refiriendose al menudo al ver nuestros rostros enrojecidos. Nos limitamos a contestar: “Si, muy muuuuuuy picoso”.

Pedimos la cuenta y nos resignamos a lo que viniera como el condenado a morir fusilado se resigna mientras avanza al paredón, sabiendo que ya no hay salida. La mesera regresó, pusó la cuenta sobre la mesa y nos dijo, “Son $85 pesos”. Saqué mi billete de la suerte de 2 dólares y me despedí con pesar de él.  Puse el resto de mis monedas sobre el billete y volteé a ver al Pato mientras sacaba la morralla de la bolsa del pantalón y comenzó a pasar, peso por peso, las monedas de una mano a otra mientras contaba en voz alta. Cuando el Pato llegó a los $75 pesos, después de haber incluído mi parte y hasta el último centavo de lo que traía en su bolsillo, además de un tornillo enmohecido y un fusible automotriz de 10 amperes, la mesera entendió la situación (que supongo no era la primera vez que la veía), se compadeció de nosotros y dijo con una sonrisa dibujada en su boca:  “Así está bien, me la deben para la próxima muchachos”.

No me dolía más haber perdido mi billete de la suerte, había cumplido su propósito.

Continúa.